sin considerar el calor de la zona. Era su turno y saludó al vigilante que esperaba de pie, moviéndose inquieto. El hombre se apresuró a marcar con color rojo por dentro del balde para señalar la ración permitida y luego volvió a mirar el cielo. El niño enfocó sus ojos azules, igualitos a unas piedras preciosas, como decía su padre, y vio la marca muy baja. El déficit de agua era cada vez mayor. Suspiró pensando que su madre se inquietaría. Alguien tendría que subir de nuevo muy pronto en busca de más agua.
Dio dos pasos titubeantes al frente y se apoyó en el borde adoquinado del pozo para no mirar dentro. Le tenía terror a lo profundo y oscuro de ese agujero. Con las manos temblorosas, tomó la cuerda que pendía de la viga y amarró el balde. Comenzó a bajarlo con cuidado vigilando la polea, y aunque trató de mover las manos de manera pausada y sostuvo la cuerda con fuerza, de igual forma perdió coordinación y la soltó.
–¡Ay, no! Lo sabía… Soy un torpe.
Un potente sonido metálico se escuchó a lo lejos. Gaspar se distanció del pozo y miró para todos lados pensando que el estruendo era por su culpa.
–¿Qué fue eso? –se preguntó el vigilante mirando el cielo.
Gaspar fijó su vista en las alturas. Antes de llamarle la atención el color gris y abultado, se fijó en que una inmensa ave negra, esa carroñera que solía volar muy alto, ahora lo hacía más bajo y daba vueltas con un inquietante aleteo entre los mantos de cielo que parecían algodón sucio.
De pronto el sol ya no se veía, las pomposas sombras lo habían cubierto por completo. Las personas que andaban por la calle se detuvieron entre murmullos al percibir la inusual falta de luz.
–Mami, ¿es un monstruo? –Una niña pequeña tiró del vestido a su madre.
–El sonido vino del cielo –dijo un pirquinero que caminó apresurado.